
JD Power, el instituto de ratings de coches (entre otros productos) en EEUU, comenzó su informe anual de hace unos años diciendo: “Ya no hay malos coches, debido a que todos son buenos”. Como la tecnología está a disposición de todos los fabricantes, la diferenciación tiene que venir de fuera de la industria. Entonces ¿Que nos queda?. ¡Ya está!: comunicar a través de las “emociones”. Las emociones que se crean en un coche son esenciales en la diferenciación y pueden estar basadas en muy diferentes factores: prestigio, diseño, servicios, etc.
Como competimos en la diferenciación en características intangibles, la consecuencia es que el consumidor se vuelve aún más exigente y complejo. Los productores tratamos de llamar a su alter-ego, por lo cual entramos en un campo filosófíco, llegamos a las sensaciones mas básicas como homus erectus, origen tribal y hasta la más alta sofisticación de intelectualidad. Al comprarse un coche hoy en día, ya no es cuestión de capacidad de motores o el brillo de las llantas sino lo que transmite la marca y lo que yo quiero transmitir a mi alrededor del tipo de persona que soy a los demás y mi mismo.
Esta situación no solo tiene lugar en la industria del automóvil, también es el día día en cualquier sector y obviamente en el nuestro: ha de ser un objetivo obligado y permanente el que consigamos crear una emoción que los demás no consigan y con la que el consumidor pueda identificarse.
Si esto lo trasladamos a nuestro mundo de vino, esta sofisticación de marketing no se ha implantado completamente en el sector, en este caso sería obligado transformarse de bodegueros a ser puros de marketing. Pero ... esta es una realidad que nuestros consumidores afrontan día a día al consumir otros productos. El nivel de nuestros consumidores se ha sofisticado más que nunca cuando compran, solo en el hecho de modernizar las etiquetas, tratamos de comunicar al consumidor que estamos al día.
Deberíamos preguntar a los consumidores: “¿Qué sientes cuando bebes mi vino?” Las respuestas que recibiremos nos pueden sorprender, escuchando la imaginación de nuestros consumidores.
Personalmente he vivido la experiencia de ver y oir cómo consumidores se identificaban con la marca de su vino de toda la vida, tan profundamente, que hasta un ligero cambio de imagen podría resultarles traumático.
En el tema que nos ocupa y preocupa: el vino, nuestro vino, ¿cómo creamos esa parte emocional, ese sueño para nuestro vino? Al final siempre pienso que hablando con los consumidores, ellos nos inspiraran a llevar nuestros vinos a cruzar los limites de la imaginación.
Que su pasión por el vino nunca expire.......


